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Revista Gallo Rojo

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La lógica del pensamiento artificial y el analisis de la inteligencia no humana

Abr 14, 2025

Le pregunatmos a ChatGPT sobre la nueva-izquierda y el neo–marxismo en Argentina, la «inteligencia» hace un analisis y propone nuevas maneras de evitar la fragmentación de la izquierda y el prgresismo Argentino.

El análisis

Introducción general

En las últimas décadas, el escenario político e ideológico en Argentina ha experimentado un proceso de transformación en el cual surgieron nuevas formas de militancia y organización política vinculadas a lo que se denomina “nueva izquierda”. Esta corriente, aunque influenciada por tradiciones marxistas, se ha adaptado a los desafíos del siglo XXI mediante una agenda centrada en las diversidades, los derechos humanos, el ambientalismo y la ampliación de derechos. A la vez, se ve atravesada por un conflicto creciente con sectores que denuncian una «lucha cultural» promovida por lo que consideran un neo-marxismo.


¿Qué es la nueva izquierda?

La nueva izquierda en Argentina (y en América Latina en general) no se identifica exclusivamente con los partidos comunistas tradicionales ni con la ortodoxia marxista-leninista. Se trata de una corriente más heterogénea y menos centralizada, que pone en el centro de su accionar las siguientes temáticas:

  • Feminismo y disidencias sexuales.

  • Derechos humanos post-dictadura.

  • Justicia ambiental.

  • Cuestiones raciales, indígenas y territoriales.

  • Luchas sindicales precarizadas y autogestión.

En Argentina, movimientos como el kirchnerismo progresista, el Frente de Izquierda y de Trabajadores (FIT-U), organizaciones de base, colectivos feministas como Ni Una Menos y agrupaciones socioambientales, pueden considerarse parte o aliadas parciales de esta “nueva izquierda”.


El neo-marxismo y su influencia cultural

El neo-marxismo es una corriente filosófica y política que toma elementos del marxismo clásico pero los adapta a la crítica cultural, la sociología, la psicología y la filosofía occidental contemporánea. Su desarrollo se asocia con la Escuela de Frankfurt (Adorno, Horkheimer, Marcuse) y luego con autores como Gramsci, Althusser o incluso Žižek.

En el contexto argentino, el neo-marxismo no necesariamente se articula como una práctica política partidaria directa, sino como un marco teórico para:

  • Cuestionar las estructuras de poder simbólico.

  • Analizar los medios de comunicación, la educación y la cultura desde una perspectiva crítica.

  • Promover la deconstrucción de identidades impuestas por la hegemonía patriarcal, capitalista o colonial.

Se le atribuye, especialmente desde sectores conservadores, la articulación de una lucha cultural que busca cambiar valores tradicionales.


La “lucha cultural”: ¿una guerra ideológica?

El concepto de lucha cultural ha cobrado fuerza en el discurso de la derecha argentina, especialmente desde 2015 en adelante, y se ha profundizado con el auge de movimientos libertarios y conservadores. Se argumenta que la izquierda ya no busca una revolución económica sino una transformación cultural profunda que:

  • Impone lenguaje inclusivo.

  • Deslegitima valores tradicionales (familia, religión, propiedad).

  • Reescribe la historia desde una narrativa ideológica.

  • Promueve ideologías de género en la educación.

Desde esta perspectiva, el neo-marxismo cultural sería una forma de dominación blanda, una suerte de revolución pasiva con foco en las instituciones culturales, educativas y comunicacionales. Este enfoque ha sido potenciado por líderes como Javier Milei, quien denuncia constantemente la “agenda del marxismo cultural” y propone eliminar la “hegemonía zurda” en la cultura.


El caso argentino en contexto

Argentina es un país particularmente receptivo a estas tensiones, debido a varios factores:

  • La fuerte memoria histórica vinculada a los derechos humanos y el terrorismo de Estado.

  • La penetración de políticas de género, que desde el Estado han promovido leyes como el matrimonio igualitario (2010), la ley de identidad de género (2012) y la legalización del aborto (2020).

  • El rol de los medios públicos y universidades, tradicionalmente asociados con posturas progresistas o de izquierda.

  • La reacción conservadora, expresada en marchas como “Con mis hijos no te metas”, la defensa de “valores tradicionales” y el ascenso de figuras como Agustín Laje o Milei.

Esto genera un campo de confrontación constante donde los debates sobre cultura, educación, lenguaje, arte y hasta entretenimiento se vuelven trincheras ideológicas.


Tensiones actuales y posibles escenarios

  1. Polarización extrema: La lucha cultural ha desplazado parte del eje económico tradicional del debate público. Se discuten símbolos, palabras y significados más que políticas públicas concretas.

  2. Deslegitimación mutua: Tanto la nueva izquierda como el sector conservador/libertario tienden a ver al otro como una amenaza existencial.

  3. Fragmentación del progresismo: La izquierda argentina enfrenta desafíos internos para unir su agenda identitaria con demandas económicas populares. El feminismo, por ejemplo, no siempre se articula fácilmente con sectores sindicales o piqueteros tradicionales.

  4. Captura institucional de la agenda cultural: Desde el gobierno nacional actual se impulsa un discurso “anticultural” o “anticorrección política”, que busca desarmar los logros de décadas anteriores.


Conclusión

La disputa entre la nueva izquierda y el discurso anti-neo-marxista en Argentina no se libra solo en el Congreso o en las urnas, sino sobre todo en las redes, las escuelas, los medios, el lenguaje y la narrativa histórica. La lucha cultural ha redefinido el modo en que se configura la política: no solo como administración del Estado, sino como confrontación simbólica por el sentido común de la sociedad.

¿Que harias tú para evitar la fregmentación de la izquierda en Argentina?

Gran pregunta. La fragmentación de la izquierda en Argentina —entre partidos trotskistas, progresismos peronistas, feminismos, ambientalismos, movimientos sociales, y expresiones autónomas— es uno de sus principales obstáculos para convertirse en una fuerza hegemónica. Si yo tuviera incidencia política o capacidad de propuesta, te diría que haría un trabajo en varios frentes para evitar esa fragmentación. Te lo detallo:


1. Construir una agenda común sin borrar las diferencias

No se puede pedir a todos los sectores de izquierda que piensen igual, pero sí que trabajen en puntos concretos de acuerdo. Haría foco en:

  • Defensa irrestricta de los derechos laborales y sociales.

  • Prioridad a la redistribución del ingreso y la lucha contra la desigualdad.

  • Defensa de la educación y salud pública.

  • Respeto irrestricto a los derechos humanos.

  • Compromiso con una transición ecológica justa.

→ La idea no sería borrar diferencias, sino construir una plataforma programática común y clara que sirva de base para la acción política coordinada.


2. Unificar estrategia electoral, sin exigir uniformidad ideológica

El FIT-U es un ejemplo de cómo se pueden articular partidos de izquierda sin perder identidad. Pero habría que abrir ese modelo hacia sectores sociales no partidarios: feministas, cooperativistas, referentes culturales, etc.

Propondría:

  • Una mesa de articulación nacional amplia.

  • Una fórmula abierta a referentes no tradicionales (gente de movimientos sociales, economía popular, ciencia, cultura).

  • Primarias abiertas si es necesario, pero con compromiso de unidad.


3. Revisar la forma de comunicar: menos jerga, más pueblo

Uno de los problemas históricos de la izquierda ha sido su dificultad para conectar con sectores populares por hablar desde una superioridad moral o con lenguaje “de militante”. Propongo:

  • Más lenguaje cotidiano, menos academicismo.

  • Narrativas que conecten con el deseo, la esperanza, la vida real.

  • En vez de criticar a Milei por “delirar”, entender por qué conecta y responder con empatía popular y política con contenido.


4. Evitar la lógica de la cancelación entre sectores progresistas

Las peleas internas por diferencias de matices (por ejemplo, entre feminismos más institucionales vs. transfeminismos radicales) terminan debilitando el frente. Haría foco en:

  • Priorizar lo común frente a lo divisivo.

  • Fomentar el debate político desde la escucha crítica, no desde la censura interna.

  • Promover códigos de convivencia democráticos que no expulsen por pensar distinto.


5. Formación política popular, no elitista

Reactivaría programas de formación militante, pero con formatos más abiertos:

  • Escuelas de formación política barriales.

  • Encuentros de saberes con trabajadores, estudiantes, artistas.

  • Incorporar pedagogía popular (Freire) y tecnologías nuevas (podcasts, TikTok, canales de Twitch).

Esto también es una forma de unir: formar juntos forma comunidad.


6. Integrar el ambientalismo, el feminismo y la economía popular a la columna vertebral del proyecto

Muchas veces estas agendas se ven como “complementarias” o “sectores”, cuando deberían ser parte del corazón mismo de un proyecto de país de izquierda.

  • La economía popular y las cooperativas no son parches: son modelos alternativos de producción.

  • El feminismo no es una lucha sectorial: es una mirada crítica sobre todas las estructuras de poder.

  • La justicia ambiental no es moda: es una necesidad de supervivencia y una oportunidad de reconversión económica.


En resumen

Lo que haría es:

  • Definir una agenda concreta y transversal.

  • Articular sin imponer una unidad partidaria única.

  • Reformular la comunicación con empatía popular.

  • Evitar divisiones inútiles y elitismos.

  • Reconstruir tejido desde la educación política.

  • Elevar a los márgenes al centro: feminismos, ambientalismo y economía popular como columna vertebral.